El 30 de septiembre de hace 57 años nacía David Smolarchik, aquel flacucho de cara seria que conocí en la escuela y que de a poco se convertiría en mi hermano.

Probablemente haya sido la persona más inteligente que conocí. Era medalla de honor en todo lo que estudió, tenía una carrera profesional brillante y en los EEUU estaba contruyendo su sueño americano personal. Pero en 2001 tuvo la mala idea de irse de este mundo y me dejó -como dijera Alberto Cortéz- con un espacio vacío que nada pudo llenar.

La última vez que lo vi en su casa de Phoenix lo despedí como siempre: dejando de lado las tonterías de las emociones y planificando nuestra segura irrupción estelar en el fútbol internacional. Me señaló su cabeza recién cosida con grapas y me dijo -Jorgito, seguí vos en la lucha por el título, para mí va a ser muy difícil ir a buscar centros al área ¿Cómo voy a cabecear así?-
Pocas semanas después ese estúpido tumor ganaba la batalla.

No llegamos a participar del rally que habíamos jurado correr, pero en el camino quedaron desde la aventura patagónica en mi viejo Jeep por caminos imposibles, a diez años de partidos y entrenamiento riguroso cada sábado para estar a punto cuando nos convocaran para la selección (!); desde congresos en los hoteles más lujosos del mundo, a camastros duros cuando no teníamos un centavo y viajábamos detrás de alguna curva. Treinta años en los que hasta compartimos trabajo en una multinacional y no paramos de reinos escuchando las sandeces que decían señores vestidos de serios que creían serlo. Treinta años en los que ni Menotti, ni Bilardo ni Passarella se fijaron en nosotros, pero sí lo hicieron los del equipo de ManLiBA, el de los recolectores de residuos, donde cada partido a jugar era una final del mundo.

David, como Daniel Killian o Pablo Trosman, ocupa uno de esos lugares que mi corazón reservó para muy pocos y que ni el tiempo ni la distancia pudo sublimar. No creo en Dios, ni en vidas pasadas ni futuras, así que no albergo esperanzas por volver a encontrarlo. Pero en ésta tuve la enorme suerte de conocerlo, quererlo y que me quiera y antes que llorar su pérdida, sigo eligiendo celebrar que haya existido.

A David Smolarchik, mi amigo, mi hermano
1957-2001
Publicado en Facebook el 30 de septiembre de 2014