Un día de marzo de hace demasiados años subí al taxi que me llevaba al aeropuerto y después de haberte despedido, vaya a saber por qué le pedí al taxista que espere. Bajé a darte otro beso.

-Cuidáte- te dije desde la puerta de tu casa.
-No- me contestaste mientras asentías con la cabeza.

Y ahí sí, más tranquilo, me fui. No resultó extraño que a vos, que toda la vida fuiste un rezongón, el ictus te dejara con un ‘no’ como única palabra. No a esto, no a lo otro, no a todo. Era duro verte, pero aún en tu maltrecho estado cómo te reías cuando, desconcertados, tratábamos de entender tus noes encadenados en largas y bien estructuradas oraciones.

En Chicago me despertaron para decirme que aquél beso había sido el último, que hacía un día que me buscaban para avisarme, que ya era tarde para despedirte.
¿Tarde? No viejo, vos y yo sabemos que no fue tarde: es que no sabían que ya lo habíamos hecho. ¿O acaso no bajé del taxi para eso?

Antonio Martínez Ramos
20-12-1919 / 23-3-1990