Lo observo.
Descansa.
Ya es hora.
Determino el inicio de su nuevo día.
Me acerco.
Se excita.
Golpea su cabeza contra la coraza transparente.
¿Serán sus lágrimas invisibles porque se mezclan con el agua?

Rijo a mi voluntad los vaivenes de su pequeño mundo.
¿Soy su Dios?

Es aberrante pensar que alguien como yo
tenga mi vida en sus manos.