El gordo Roque empezaba con la cerveza cuando terminaba con el camión.
Cuerpo enorme, corazón grande y recursos escasos, iba al bar por las tardes y volvía a la pieza zigzagueando, cerrando los ojos para no ver la angustia de las paredes sin fotos.

La Rita ya estaba en el plano inclinado de la vida, masticando broncas por hijos que la recordaban cada tanto y friendo horas en el bar que le quedó cuando aquél se fue con la cocinera light. El caso fue que después de mucho tiempo, la Rita miraba a alguien. Miraba al gordo. Desde hacía siglos no le pasaba: a veces tenía que cambiarse apresuradamente la ropita cuando él se iba, como aquella vez que el gordo salió del baño diciendo:

-No aguantaba más. Qué manera de mear. Una pena porque ahora voy a ducharme y no hay nada más lindo que una buena meada en la ducha. Es como que el agua caliente te da en la cabeza, te entra por la piel y te sale por abajo. Una sensación única.

El gordo era así, un pedazo de asfalto, un filósofo de mercadillo. Y cuando ella lo escuchaba se veía en esa ducha, empapados, contemplando el torrente dorado de su gordo. Y se empapaba más y más.
La Rita también era una persona simple aunque un poco más refinada, pero los golpes, un susto médico y el paso del tiempo le decían que no tenía tanto margen y que dejar escapar ese momento era un desperdicio, así que le regaló gestos, miraditas y hasta algún escote que Roque no supo ver. Tenía entonces que animarse a jugar en terreno contrario.
Una noche en la mesa del rincón se sentó la parejita de arriba. Cómo habían crecido los chicos. El gordo ya iba por la enésima birra y los contemplaba extasiado, quizá recordando viejas historias, quizá porque nunca las había vivido. Hablándole a nadie, reflexionó:

-Mira cómo se besan esos dos. Nadie bebería una cucharada de saliva de un extraño y sin embargo esa misma persona bebería litros de ella si se produjera la magia del encuentro  apenas un instante después.

La Rita escuchó lo que decía y supo que era su oportunidad. Por eso cuando el gordo pidió la última cerveza, no se lo pensó: antes de darle la copa, recorrió bien su paladar con la lengua y le estampó un escupitajo en el centro de la espuma.
Sin decir palabra, el gordo, absorto, miró el salivazo y buscó los ojos de la Rita reclamando respuestas.
Sin decir palabra, ella le habló con su mirada.
Sin decir palabra, Roque se bebió la cerveza de un trago.
Tuvo razón el gordo. Una mirada, y un instante después, la magia