– Para mí, las mujeres se dividen en dos grupos: las que me calientan y las que no me calientan.

Mientras esta frase, a modo de sentencia, quebraba el silencio, una mujer caminaba con dificultad entre las mesas del salón.

– ¡Mira ese culo! exclamó. ¡Ella sabe que está en el grupo de las que me calientan!
– ¡Vete a hacer puñetas! contestó la mujer volviendo la cabeza

El diálogo podría haberse escuchado entre jóvenes en una disco, pero no, estaba en el comedor de un hogar para ancianos y fue entre un hombre de más de 80 años en silla de ruedas y una anciana mujer. Y así como me sorprendió el abuelo más me impactó la respuesta de la mujer, mi tía Rosa, 96 años, más de cuarenta dedicados a la docencia y un declarado orgullo por su virginidad. No podía siquiera sospechar que conociese el significado de una puñeta. Y allí estaba, mandando a alguien a hacérselas a viva voz. El resto de los residentes siguió comiendo sin inmutarse. A mi derecha, una mujer revolvía y soplaba una inexistente sopa.
El hombre me miró fijamente. Lo saludé.

– Hola abuelo.
– No soy tu abuelo.
– No sé su nombre.
– Ismael.
– Mucho gusto Ismael, estuve hace unas semanas y…
– …te asustaste por lo que le dije a Rosa ¿Es tu madre?
– Mi tía abuela.
– Espero no haberte ofendido, pero me gustan las chicas difíciles y me divierte decirle cosas a Rosa, cosas que por otra parte creo que a ella le gusta escuchar.
– ¡Apártate de él! ¡Te va a contagiar!- bramó mi tía
– ¡Cállate!,  replicó Ismael. Mira -me dijo en voz baja- hay que sacar ventaja de cada situación. De mí se dice que tengo demencia senil, lo acepto, y así puedo ser todo lo desinhibido que se me antoja. Solo faltaba que a esta altura sigan callándome. Me hacen reír, tratan de organizarme tareas para que me distraiga y no las moleste. Deberían preguntarles a ellas.
– ¿No se lo toman a mal?
– Cuesta al principio. Las chicas vienen muy inhibidas y algunas se ofenden, pero con el tiempo se van relajando.
– Relajando…
– Claro ¿sabes cuál es el problema? La familia. La familia no acepta que la mamá o la abuela estén alegres, dicen que las van a expulsar de la residencia y eso les da terror. En realidad tienen terror de que las devuelvan a casa. No acepta que sientan cosquillas y las reprochan y ponen en ridículo si se enteran.
– Si se enteran… ¿de qué?
– De que cuando vienen las visitas somos todos viejos buenos y de noche, somos viejos, buenos y divertidos.
– Ismael, ¿me está diciendo que más allá de comer juntos o pasear por el jardín, hay entre ustedes algún tipo de…encuentros?
– Claro que los hay.
– Usted…
– Yo he tenido con muchas, pero ahora no, ya no. No porque no pueda. Ahora estoy enamorado de Irene.

Irene. Ismael mencionó ese nombre y sus ojos rejuvenecieron

– ¿Cuál es? – pregunté intrigado mientras miraba al salón.
– Está por llegar. Dicen que a los viejos nos cuesta mantener la atención en algo. Tonterías. Cuando la conozcas verás que es imposible quitarle los ojos de encima.

Era domingo, día en que la residencia organizaba almuerzos familiares con música y baile en la sobremesa. Habían llevado a Ismael a cambiarlo antes de la comida y regresó impecablemente vestido. Empujé no sin esfuerzo su silla hasta el cuarto de visitas. Las enfermeras habían hecho su trabajo, pero un buen nudo de corbata parece ser cosa de hombres. Estaba arreglándolo, en cuclillas, cuando Ismael apoyó su mano en mi hombro.

– Hola Irene, te presento a un amigo, el sobrino de Rosa

Me puse de pie y me volví. Irene sería una mujer afortunada de tener alguien que en ese tramo de la vida la amase así… si fuese real. Allí estaba, estupefacto, contemplando una puerta cerrada.

– ¿No te dije que era hermosa?
– Más de lo que imaginé- asentí compadeciéndome y acercándome le susurré al oído ¡Qué buena está la hija!

Ismael sonrió y con un disimulado gesto me indicó que debía retirarme.
Lo dejé allí quedándome con la intriga de qué estaría haciendo en la soledad de esa habitación. Hay cosas de las que no se habla, del sexo en la vejez es una de ellas y después de haber pasado por esa experiencia me costaba admitir que el resto de los relatos de Ismael fuesen reales. ¿Cuánto habría de fantasía en ellos? Me preguntaba también sobre si las leyendas urbanas sobre viejos surgieron de situaciones como esas. Me cuestionaba si serían verdaderos los estereotipos que vinculan a la vejez con la falta de deseo o con la indiferencia. En todo caso, real o ficticia, la imagen de Irene era un bálsamo para ese mutilado hombre.
Mi morbosa curiosidad se había disparado y esperaba volver a verlo para ver qué me diría, pero ya era tarde, Ismael no salía y me faltaba ir a despedir a la buena de Tía Rosa. Debía regresar antes de que anochezca porque cierran la puerta temprano, el viaje era largo y mi nieta ya había ido a buscarme.

 


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