No seas imbécil -le dijo Silvia riéndose- cómo vas a poder evitar soñar. Todos lo hacemos, nos guste o no.

Aitor estaba preocupado. A sus habituales problemas para dormir se había sumado el de soñar intensamente cuando por fin se había dormido. Cada sueño lo volvía a despertar y el resultado era el de siempre: la sensación de caminar con chicle pegoteado en los pies al día siguiente.
-¿Sabes qué pasa? No son sueños comunes y yo que soy bastante escéptico en esas cuestiones, empiezo a dudar si estos sueños no serán premonitorios, o si no serán reflejos de partes de mi vida.
-Sean lo que sean no podrás evitarlos y si tanto te inquietan es porque deben mostrarte tus zonas más oscuras. Que también son inevitables.

Esa noche se acostó tarde, esperando pacientemente que el cansancio lo venciera para caer extenuado y, con suerte, dormir hasta que la intolerable alarma le indicara que empezaba otra jornada.
Pero algo lo inquietaba. Se rumoreaba que su Reina estaba por salir y él, que tiempo atrás había conocido el aroma seductor de sus hormonas, no podía dejar de pensar que debía aprovechar esa oportunidad. Tal vez, la única.

La vida es corta y pronto entraré en la recta final -pensó- o al menos llegaré al punto donde seré rechazado por el resto y me condenarán al Afuera. Y aunque de eso no se hablara, todos sabían qué significaba ser desterrado al Afuera. Por eso, para estar preparado, revisó sus alas, limpió con esmero sus antenas e insufló por sus opérculos todo el aire que le fuera posible. Esperó pacientemente el momento de verla. Un alboroto lo alertó: allí, rodeada de su Corte, la Reina avanzaba entre la multitud.
Mucho se había dicho de cómo había cambiado, y sin embargo cuando pasó fugazmente por su lado sintió como si el tiempo se hubiera detenido, que nada había de distinto en esa Reina que tenía frente a sus ojos, respecto de aquella que tiempo atrás peleaba ferozmente por su reinado. No había dudas, el momento había llegado. Su Reina se dirigía hacia la puerta del palacio perfumando el ambiente con sus irresistibles aromas. A su paso creyó ver en su rostro un guiño cómplice: no, no puede ser -se dijo- nunca una Reina como ella se fijaría en mí.

La Reina emprendió su vuelo y se elevó y elevó buscando una zona donde nadie pudiera perturbar su deseo, bien arriba, en el lugar al que sólo podrían llegar los más fuertes. O los más audaces.
Aitor creyó que no podría resistir tanto esfuerzo, pero aún así la Reina, fortalecida, continuó su ascenso. Sabía que otros lo intentaron antes y habían renunciado a la persecución, pero estaba decidido a lograrlo y agudizó el olfato para seguir el rastro de esa fragancia.

-Mi Reina ¿dónde estás? Te siento pero no puedo verte, te necesito pero no puedo tenerte.

De pronto, una imagen. Aitor centró sus miles de ojos en aquella silueta lejana que se recortaba en dirección al sol. Era ella, más arriba, pidiéndole un último esfuerzo. E incomprensiblemente, al límite de su resistencia, pudo elevarse aún más. Allí, majestuosa, su Reina lo esperaba, en vuelo tranquilo, dejando una estela de suave brisa con sus alas, con el abdomen erguido en actitud receptiva.
El momento tan deseado había llegado y Aitor, aún conociendo los riesgos a los que se decía que podía enfrentarse, no dudó. La rodeó con sus patas delanteras, desplegó su endofalo y al penetrarla se sintió, si podía, más cerca del cielo que nunca antes. Fue un minuto, o tal vez dos, que bastaron para que por su mente pasaran infinidad de imágenes y para entender que después de ese día ya nada volvería a ser igual. Pero de pronto algo perturbó su estado y lo trajo a la realidad. Su Reina aceleraba la marcha.
Mi Reina ¿qué haces? -exclamó- No puedo volar tan rápido como tú y quiero seguir contigo porque ¡te amo!
Pero ella se mantuvo callada y continuó impulsándose hasta que de un latigazo lo apartó violentamente. Aitor sintió que un calor intenso, insoportable, indescriptible, invadía su cuerpo.
Al bajar la mirada vio que ya no tenía genitales y que en su lugar un incontenible torrente amarillo de sangre y dolor caían hacia el suelo marcando el destino de su último vuelo.

¡NO!- exclamó Aitor a la vez que se incorporaba de la cama de un salto.
¡NO!- gritó mientras buscaba angustiado la puerta del baño. Encendió la luz y presa del pánico, casi sin atreverse a mirar, bajó lentamente sus calzoncillos. Respiró aliviado: no era sangre esa humedad que empapaba su entrepierna.

Publicado en la revista literaria En Sentido Figurado (México, 2008)

Texto publicado en En Sentido Figurado